Una lechera había salido a ordeñar las vacas y regresaba del campo con el balde de leche reluciente bien balanceado sobre su cabeza. Mientras caminaba, su bonita cabeza estaba ocupada con los planes para los días venideros.
«Esta buena y rica leche», reflexionó, «me dará mucha crema para batir. La mantequilla que haga la llevaré al mercado, y con el dinero que obtenga compraré muchos huevos para incubar. Qué lindo será cuando todos hayan nacido y el patio esté lleno de hermosos pollitos. Luego, cuando llegue el día de mayo, los venderé y con el dinero compraré un hermoso vestido nuevo para usar en la feria. Todos los jóvenes me mirarán. Vendrán y tratarán de darme su amor, ¡pero yo los enviaré muy pronto a ocuparse de sus asuntos!
Mientras pensaba en cómo resolvería ese asunto, sacudió la cabeza con desdén y el cubo de leche cayó al suelo. Y se salió toda la leche, y con ella se desvanecieron la mantequilla y los huevos, y los pollitos y el vestido nuevo, y todo el orgullo de la lechera.

Créditos
Esopo fue un narrador de la antigua Grecia, reconocido como el padre de la fábula occidental, cuyos relatos han perdurado durante más de dos mil años. "La lechera y su cubo" es una de sus fábulas más celebradas y ha inspirado versiones de autores como La Fontaine, quien la retituló La laitière et le pot au lait, demostrando el alcance universal de su moraleja.
