Una imagen sagrada estaba siendo llevada al templo. Iba montada sobre un asno adornado con guirnaldas y vistosos arreos, y una gran procesión de sacerdotes y pajes la seguía por las calles. Mientras el asno caminaba, la gente inclinaba la cabeza con reverencia o caía de rodillas, y el asno pensaba que el honor se le rendía a él.
Con la cabeza llena de esta idea tonta, se llenó tanto de orgullo y vanidad que se detuvo y comenzó a rebuznar en voz alta. Pero en medio de su canto, su conductor adivinó lo que al asno se le había metido en la cabeza y comenzó a golpearlo sin piedad con un palo.
«Ve contigo mismo, asno estúpido», gritó. «El honor no es para ti sino para la imagen que llevas».
Créditos
Esopo fue un fabulista de la antigua Grecia, cuyas historias con animales parlantes han sobrevivido más de dos mil años gracias a su capacidad de condensar verdades humanas en relatos brevísimos. «El burro que lleva la imagen» pertenece a esa tradición de fábulas morales donde el protagonista aprende —con dolor— la diferencia entre el honor ganado y el honor prestado.
