La fiesta de despedida del Sr. Oso

Ya era hora de que el señor Oso durmiera durante todo el invierno, y como se sabía que los animales de lo profundo del bosque se servían de la despensa bien llena del señor Oso mientras estaba en la tierra de Morfeo, este decidió que este año ofrecería una cena la noche anterior a acurrucarse para pasar el invierno durmiendo.

Invitó a todos los animales, y entre los más importantes estaban el Sr. Zorro y su esposa, por supuesto, y el Sr. y la Sra. Ardilla, Jack el Conejo y su esposa, Billy Zarigüeya y Tim Mapache.

Por supuesto, hubo muchos otros, pero estos eran los socialmente más destacados, como ya mencioné.

Había que ver la mesa llena de manjares que les preparó el Sr. Oso: tartas, pasteles, budines, helados, mucho pollo frito y pato asado.

Había un gran plato de miel al final de la mesa, y el señor Oso permaneció de pie junto a él la mayor parte del tiempo. Todos los invitados comieron y comieron hasta que apenas pudieron moverse, y cuando llegó la hora de irse a casa, votaron a Mr. Bear como el anfitrión más encantador que jamás habían conocido.

Uno a uno los invitados se fueron marchando, hasta que Billy Zarigüeya y Tim Mapache fueron los únicos que quedaron.

El señor Oso se dedicaba a poner su casa en orden antes de irse a dormir, pues le gustaba encontrar todo en orden cuando se despertaba en primavera.

Billy Zarigüeya y Tim Mapache estuvieron charlando juntos toda la noche, pero nadie se fijó en ellos, todos estaban muy ocupados con la comida.

Ahora se levantaron del rincón donde habían estado sentados y dijeron al señor Oso: 

—Querido amigo, nos has proporcionado a todos tus amigos una velada muy agradable, y creemos que sería cruel dejarte solo para que hicieras toda la limpieza; nos quedaremos y te ayudaremos.

El Sr. Oso se sorprendió por esta muestra de consideración por parte de Billy y Tim, ya que nunca se supo que hicieran nada por nadie.

—Sí, te ayudaremos a ordenar, señor Oso —dijo Billy Zarigüeya —, y esperaremos hasta que te hayas acostado y hayas apagado la vela, porque sé que debe de ser muy solitario para ti comenzar tu largo sueño sin un amigo que te dé las buenas noches.

El Sr. Oso vivía en su casa todo el tiempo, excepto la parte del año en que dormía, y para esta siesta en particular, tenía una cueva profunda debajo de su casa.

Así que cuando todos los platos estuvieron lavados, secos y guardados en el armario y la habitación barrida, el señor Oso se puso su pijama de franela, tomó su vela y se dirigió a la puerta del sótano.

—Cerraremos la puerta exterior —dijo Billy Zarigüeya —, y dejaremos caer la llave por la chimenea.

Porque habían insistido en ver al señor Oso entrar en su cueva.

Tan pronto como la puerta se cerró detrás de él, Billy Zarigüeya y Tim Mapache comenzaron a reírse y hacerse guiños, y luego Tim giró suavemente la llave en la cerradura.

—Estás a salvo por todo el invierno —susurró Tim—. Ahora le cuidaremos la casa. No puede hacerle daño a su cama que durmamos en ella, ni a su casa que vivamos en ella.

—O a sus conservas, si nos las comemos, y las otras cosas que tiene guardadas —dijo Billy Zarigüeya.

—Estoy cansado —dijo Tim—, no he trabajado tan duro en mucho tiempo. Me voy a la cama.

—Bueno, puedes tomártelo con calma durante el resto del invierno —dijo Billy—. Supongo que no necesitábamos haber cerrado la puerta con llave. Nunca se despierta hasta la primavera.

—Me sentiré mucho más seguro con ella cerrada —dijo Tim, mientras rodaba hacia la cama del señor Oso.

Billy saltó tras él y se cubrió la cabeza con la suave manta del Sr. Oso y pronto se quedó dormido.

Sucedió que el Sr. Oso siempre usaba un gorro de dormir, pero se le había olvidado llevarlo consigo. Entonces, luego de prepararse para su largo sueño, de pronto sintió frío en la cabeza.

—¡Mi gorro de dormir! —exclamó—. No puedo dormir sin él. Podría pasarme todo el verano estornudando.

El señor Oso se levantó de un salto y subió las escaleras. 

—¿Qué es esto? —preguntó—. Han cerrado la puerta con llave; deben haber cometido un error y haber cerrado esta puerta, así como la exterior. Bueno, tendré que romper la cerradura.

El señor Oso apoyó el hombro contra la puerta y empujó, rompiéndola con gran estrépito; pero Billy Zarigüeya y Tim Mapache estaban durmiendo demasiado profundamente como para que el ruido los despertara.

El señor Oso se detuvo en seco al llegar a la puerta de su dormitorio. ¿Había alguien en su bonita y suave cama? Miró más de cerca, y en una de las cabezas vio su gorro de dormir, porque Billy Zarigüeya se lo había puesto.

El señor Oso se acercó de puntillas a la cama y miró más de cerca; vio quién estaba en su cama, y luego sonrió con una sonrisa de lo más desagradable.

Se acercó a Billy Zarigüeya, lo tomó por la parte superior de la cabeza y lo sacó de la cama. Luego se acercó a Tim Mapache y lo tomó de la misma manera, gruñendo todo el tiempo.

—¡Ayuda! ¡Socorro! —gritaron Tim y Billy, pensando que alguna espantosa criatura estaba a punto de devorarlos.

—Pueden gritar, bribones —dijo el señor Oso, sacudiéndolos hasta que les castañetearon los dientes—. Nadie vendrá, y si lo hicieran, no podrían ayudarte. ¡Quítate mi gorro de dormir, Billy Zarigüeya!

Billy desató las cuerdas, se lo quitó y lo dejó sobre la cama. Luego soltó un gemido y se tiró al suelo, como si estuviera muerto.

—No puedes engañarme, Zarigüeya —dijo el señor Oso—. Es posible que puedas engañar al Sr. Hombre o al Sr. Perro, pero no al Sr. Oso.

Levántate ahora mismo o te arrojaré un cubo de agua fría. Billy no se movió, y el Sr. Oso lo agarró de nuevo y, con Billy en una mano y Tim Mapache en la otra, se acercó a la ventana, poniendo a Tim bajo su brazo mientras la abría.

Luego los sacudió de nuevo y los arrojó por la ventana. 

—Supongo que lo recordarán durante algún tiempo —dijo el señor Oso—. No volverán a jugame otra mala pasada; me alegro de haberme olvidado mi gorro de dormir —y se fue de regreso a su cueva.

Tim y Billy se levantaron. Estaban tan adoloridos y maltrechos que apenas pudieron llegar a su casa, y durante una semana se quedaron en ella cuidando sus doloridas espaldas.

—Hubiera estado bien si no se hubiera olvidado de ese gorro —gimió Tim.

—Sí, pero lo hizo —gimió Billy Zarigüeya —. Tampoco tenía idea de que tuviera ese temperamento.


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