El maravilloso mago de Oz: El consejo de los Munchkins (2/24)

La despertó una sacudida tan severa y repentina que, si Dorothy no hubiera estado acostada en la cama, se podría haber lastimado. La sacudida le hizo recobrar el aliento y preguntarse qué había sucedido; Toto puso su pequeña y fría nariz contra su cara y gimió desconsoladamente. Dorothy se levantó y se dio cuenta que la casa no estaba en movimiento; tampoco estaba oscuro, porque el brillo del sol entraba por la ventana, inundando de luz la pequeña habitación. Saltó de la cama y corrió a abrir la puerta con Toto a sus talones. 

La niña dio un grito de asombro y miro a su alrededor con los ojos cada vez más y más grandes ante la maravilla que estaban viendo.

El ciclón había aterrizado la casa muy suavemente —para un ciclón— en medio de un campo precioso. Había hermosos parches de césped por todos lados, con majestuosos árboles que daban frutos sabrosos y ricos. Por todas partes se veían bancos de flores hermosas, y pájaros de plumajes extraños y brillantes que cantaban y silbaban en los árboles y arbustos. Un poco más lejos había un pequeño arroyo que corría y salpicaba las verdes orillas, y murmuraba con una voz muy agradecida para una niña que había vivido tanto tiempo en las praderas secas y grises. 

Mientras ella miraba ansiosa la extraña y hermosa vista, notó que se acercaba un grupo de las más extrañas personas que había visto jamás. No eran tan grandes como los adultos que siempre acostumbraba ver; aunque tampoco eran tan pequeños. De hecho, parecían de la misma altura que Dorothy —que era una niña bien crecida para su edad—, aunque eran, en cuanto a aspecto, mucho mayores.

Eran tres hombres y una mujer, todos llevaban vestimentas raras. Usaban sombreros redondos con una pequeña punta que se elevaba un pie por encima de sus cabezas, con pequeños cascabeles alrededor que sonaban dulcemente al moverse. Los sombreros de los hombres eran azules; el sombrero de la pequeña mujer era blanco, y llevaba un vestido blanco que caía con pliegues desde sus hombros. Sobre él habían salpicadas pequeñas estrellas que brillaban al sol como diamantes. Los hombres iban vestidos de azul, del mismo tono que sus sombreros, y llevaban botas bien pulidas con un rollo de azul profundo en la parte superior. Los hombres, pensó Dorothy, tenían más o menos la misma edad que el tío Henry, ya que dos de ellos tenían barba. Pero la pequeña mujer era sin dudas mucho mayor. Su cara estaba repleta de arrugas, su cabello era casi blanco y caminaba con cierta rigidez.

Cuando estas personas pasaron cerca de la casa donde Dorothy estaba parada en la puerta, se detuvieron y susurraron entre ellos, como si temieran acercarse más. Pero la pequeña anciana caminó hacia Dorothy, hizo una pequeña reverencia y con una dulce voz le dijo:

—Eres bienvenida, noble Hechicera, a la tierra de los Munchkins. Les estamos muy agradecidos por haber matado a la Bruja Malvada del Este y liberar a nuestra gente de la esclavitud. 

Dorothy escuchó con asombro su discurso. ¿Qué podía querer decir la anciana al llamarla hechicera y decirle que había matado a la Bruja Malvada del Este? Dorothy era una inofensiva e inocente niña, que había sido arrastrada por un ciclón muchos kilómetros lejos de casa; y nunca había matado a nadie en toda su vida.

Pero evidentemente, la mujer estaba esperando una respuesta. Así que Dorothy le dijo: 

—Es usted muy amable, pero debe haber un error. Yo no he matado a nadie.

—Tu casa lo hizo —respondió la mujer riendo— y es lo mismo, ¿ves? —continuó mientras señalaba la esquina de la casa—. Ahí están sus dos pies, todavía sobresaliendo de abajo de un bloque de madera. 

Dorothy miró, y dio un pequeño grito de susto. Allí, en efecto, justo debajo de la esquina de la gran viga sobre la que descansaba la casa, sobresalían dos pies con zapatos plateados en punta.

—¡Oh, Dios! ¡Oh, querida! —gritó Dorothy, juntando sus manos consternada—. La casa debe haber aterrizado sobre ella. ¿Qué hacemos?

—No hay nada que hacer —dijo con calma la mujer. 

—Pero, ¿quién era? —preguntó Dorothy. 

—Como dije antes, era la Bruja Malvada del Este —respondió la mujer—. Ha tenido a todos los Munchkins esclavizados por muchos años, trabajando para ella día y noche. Ahora todos son libres y te agradecen el favor. 

—¿Quiénes son los Munchkins? —preguntó Dorothy.

—Son las personas que viven en la tierra del Este, donde gobernaba la Bruja Malvada. 

—¿Tú eres un Munchkin? —preguntó Dorothy.

—No, pero soy su amiga; sin embargo, vivo en la tierra del Norte. Cuando vieron que la bruja Malvada del Este estaba muerta, la gente de Munchkin me envió un mensajero y vine de inmediato. Yo soy la bruja del Norte. 

—¡Oh, Dios mío! —gritó Dorothy—. ¿Eres una bruja de verdad? 

—En efecto —respondió la mujer—. Pero soy una bruja buena y la gente me quiere. No soy tan poderosa como la Bruja Malvada que gobernaba aquí, o hubiera liberado a la gente yo misma. 

—Yo pensé que todas las brujas eran malvadas —dijo la niña, que estaba un poco asustada por conocer a una verdadera bruja 

—Oh, no, eso es un gran error. Sólo hay cuatro brujas en toda la Tierra de Oz, y dos de ellas, las que viven en el Norte y en el Sur, son brujas buenas. Sé que esto es cierto porque yo soy una de ellas, no puedo equivocarme. Las que habitaban en el Este y el Oeste eran, en efecto, Brujas Malvadas; pero ahora que has matado a una de ellas, solo queda una Bruja Malvada en toda la Tierra de Oz; la que vive en el Oeste. 

—Pero —dijo Dorothy después de pensar un momento—, la tía Em me dijo que las brujas están todas muertas desde hace muchos años. 

—¿Quién es tía Em? —preguntó intrigada la pequeña anciana. 

—Es mi tía que vive en Kansas, de donde vengo. 

La Bruja del Norte pareció quedarse pensando con la cabeza inclinada y los ojos en el suelo. Luego levantó la mirada y dijo: 

—No sé dónde es Kansas, pues nunca escuché nombrar ese lugar. Pero dime, ¿es una tierra civilizada? 

—Oh, sí —respondió Dorothy.

—Entonces eso lo explica. Creo que en los países civilizados ya no quedan ni brujas, ni magos, ni hechiceras. Pero verás, la tierra de Oz nunca fue civilizada, porque estamos aislados del resto del mundo. Por lo tanto, todavía tenemos brujas y magos entre nosotros. 

—¿Quiénes son los magos? —preguntó Dorothy.

—El mismísimo Oz es el Gran Mago —contestó la Bruja, bajando la voz hasta un susurro—. Él es más poderoso que todos nosotros juntos. Vive en la Ciudad Esmeralda. 

Dorothy iba a hacer otra pregunta, justo cuando los Munchkins, que habían estado parados en silencio a un costado, dieron un fuerte grito y señalaron la esquina de la casa donde yacía la Bruja Malvada.

—¿Qué es eso? —preguntó la pequeña anciana; miró y comenzó a reír. Los pies de la Bruja muerta habían desaparecido por completo, y no quedaba más que los zapatos plateados.

—Era tan vieja —explicó la Bruja del Norte—, que se secó rápidamente bajo el sol. Este es su final. Pero los zapatos plateados son tuyos y debes quedártelos y usarlos—. Se agachó para levantar los zapatos, y luego de sacudirles el polvo se los alcanzó a Dorothy. 

—La Bruja del Este estaba orgullosa de esos zapatos plateados —dijo uno de los Munchkins—, y hay algún encanto conectado a ellos; pero nunca supimos qué es. 

Dorothy llevó los zapatos dentro de la casa y los puso sobre la mesa. Luego salió otra vez hacia donde estaban los Munchkins y les dijo: 

—Estoy ansiosa por volver con mis tíos, seguramente estén preocupados por mí. ¿Pueden ayudarme a encontrar el camino? 

Los Munchkins y la Bruja se miraron entre ellos, luego la miraron a Dorothy y negaron con la cabeza.

—Al este, no muy lejos de aquí —dijo uno—, hay un gran desierto, y nadie pudo vivir para cruzarlo.

—Es lo mismo al Sur —dijo otro—, pues estuve allí y lo vi. El sur es la Tierra de los Quadlings. 

—Me han dicho—, dijo el tercer hombre—, que es lo mismo al Oeste. Y esa tierra, donde viven los Winkies, es gobernada por la Bruja Malvada del Oeste, quien te convertiría en su esclava si te cruzaras en su camino.

—El Norte es mi hogar —dijo la anciana—, y en su horizonte está el mismo gran desierto que rodea la Tierra de Oz. Me temo, querida, que tendrás que vivir con nosotros. 

Dorothy empezó a sollozar, pues se sentía sola entre tanta gente extraña. Sus lágrimas parecieron afligir a los bondadosos Munchkins, porque inmediatamente sacaron sus pañuelos y también comenzaron a llorar. En cuanto a la anciana, se quitó el sombrero y colocó la punta en su nariz, mientras contaba: uno, dos, tres,con una voz solemne. Al instante, el sombrero se transformó en una pizarra que tenía escrito en grande, con tiza blanca:

“QUE DOROTHY VAYA A LA CUIDAD DE LAS ESMERALDAS”

La anciana quitó la pizarra de su nariz, y habiéndola leído, preguntó:

—¿Tu nombre es Dorothy, querida?

—Sí—, respondió la niña, levantando la cabeza y secándose las lágrimas.

—Entonces debes ir a la Ciudad de las Esmeraldas. Quizás Oz te ayude.

—¿Dónde es esa ciudad? —preguntó Dorothy.

—Está exactamente en el centro de las tierras y es gobernada por Oz, el Gran Mago del que te hablé.

—¿Es un buen hombre? —preguntó ansiosa la niña.

—Es un buen Mago. No puedo decir si es un hombre o no, pues nunca lo he visto. 

—¿Cómo llego a él? —preguntó Dorothy.

—Debes caminar. Es un largo viaje atravesando tierras a veces amables y otras veces oscuras y terribles. Sin embargo, usaré todas las artes mágicas que conozco para mantenerte alejada de cualquier daño.

—¿No vendrás conmigo? —suplicó la niña, que había comenzado a ver a la anciana como su única amiga. 

—No, no puedo hacer eso —respondió—, pero te daré mi beso, y nadie se atrevería a lastimar una persona que fue besada por la Bruja del Norte.

Se acercó a Dorothy y la beso suavemente en la frente. Donde sus labios tocaron a la niña, dejaron una marca redonda y brillante, que Dorothy descubrió poco después. 

—El camino a Ciudad Esmeralda está pavimentado con ladrillos amarillos —dijo la Bruja—, así que no puedes perderte. Cuando llegues a Oz, no tengas miedo de él, sino cuéntale tu historia y pídele ayuda. Adiós, querida.

Los tres Munchkins se inclinaron hacia ella, le desearon un buen viaje y luego se alejaron entre los árboles. La Bruja saludó con un pequeño guiño a Dorothy, giró tres veces sobre su talón, y desapareció enseguida para gran sorpresa de Toto, que comenzó a ladrar fuerte, pues había tenido miedo incluso de gruñir cuando todavía estaba ahí.

Pero Dorothy, sabiendo que era una bruja, esperaba que desaparezca de esa manera, y no se sorprendió en lo más mínimo.


Downloads